Terminábamos la entrada anterior con esta afirmación:
«El silencio, por sí solo, no nos dice qué camino estamos recorriendo. Es la manera en que habitamos ese silencio la que empieza a revelar su sentido.»
Hoy podríamos comenzar exactamente ahí.
Porque el silencio aparece una y otra vez en las grandes tradiciones contemplativas. Lo encontramos en la meditación y en la oración, en la escucha y en el recogimiento, en el conocimiento y en la devoción.
A veces llega cuando las palabras parecen resultar insuficientes. Otras veces está ya presente dentro de ellas: en la recitación de un mantra, en una plegaria, en un nombre divino repetido con atención y amor.
Por eso hablar de silencio interior no significa hablar simplemente de ausencia de sonido.
Significa acercarnos a una determinada cualidad de presencia.
Y es quizá precisamente ahí donde tradiciones muy diferentes pueden reconocerse unas a otras sin necesidad de afirmar que todas recorren el mismo camino.
Callar no es todavía estar en silencio
Podemos dejar de hablar y continuar manteniendo una conversación incesante con nosotros mismos: recordando, anticipando, juzgando, organizando, repitiendo mentalmente lo que ocurrió ayer o imaginando lo que podría suceder mañana.
Por eso el silencio contemplativo no consiste simplemente en ausencia de palabras o sonidos.
Tiene que ver con una transformación de nuestra manera habitual de estar presentes.
La mente puede dejar de perseguir continuamente cada pensamiento que aparece. La atención puede hacerse más estable. Puede surgir una mayor receptividad hacia aquello que está siendo contemplado, escuchado, invocado o amado.
El silencio no necesita estar vacío. Puede estar profundamente habitado.
Cuando las palabras conducen hacia el silencio
Las Upaniṣads están llenas de palabras.
Maestros y discípulos dialogan, preguntan, discuten. Encontramos imágenes, razonamientos y grandes afirmaciones acerca de Ātman, Brahman y la realidad.
Pero esas palabras parecen conducir continuamente hacia algo que no puede quedar encerrado en ellas.
Lo vimos al hablar de neti neti —«no esto, no esto»— en la Bṛhadāraṇyaka Upaniṣad. Cada vez que intentamos reducir la realidad última a una determinada descripción, la enseñanza vuelve a recordarnos que nuestras categorías no pueden contenerla por completo.
El silencio aparece entonces como reconocimiento de los límites de la conceptualización.
Las palabras pueden enseñar, señalar, interrogar y transformar nuestra comprensión. Pero llega un momento en que seguir añadiendo explicaciones no necesariamente nos acerca más a aquello que queremos conocer.
Puede ser necesario permanecer. Escuchar lo que ha sido enseñado. Dejar que la comprensión se asiente.
En este sentido,
el silencio no se opone a la palabra. Puede ser su maduración.
El silencio también puede estar lleno de sonido
La tradición védica concede un enorme valor a la palabra recitada, al canto, al mantra y a OM.
¿Cómo hablar entonces de silencio en una tradición en la que el sonido puede ocupar un lugar tan importante?
Quizá porque sonido y silencio interior no son necesariamente contrarios.
Quien repite un mantra puede escucharlo profundamente, permanecer receptivo a su resonancia y permitir que la repetición reúna una atención habitualmente dispersa.
Pero reducir el mantra a una técnica de concentración sería empobrecer enormemente su sentido.
Un mantra puede ser también invocación, recuerdo de lo divino, alabanza, devoción y adoración. Puede expresar amor y entrega.
Cuando un nombre divino es repetido interiormente, el silencio que acompaña a la práctica no tiene por qué ser un espacio vacío ni una simple disminución de la actividad mental. Puede estar profundamente habitado por la relación con aquello —o Aquel— hacia quien se dirige la práctica.
La repetición puede convertirse entonces en una manera de permanecer, recordar, ofrecerse y amar.
Y también eso es meditación.
Conocimiento, devoción y silencio
Esta amplitud resulta especialmente importante cuando hablamos de las tradiciones de la India.
Sería demasiado sencillo asociar la meditación oriental con el conocimiento de uno mismo y reservar para la oración occidental la dimensión del amor y de la relación con Dios.
La tradición india nunca ha estado limitada a esa alternativa.
Dentro del propio Vedānta encontramos maneras muy diferentes de comprender la relación entre el ser individual y la realidad última.
En algunas formas de contemplación, el silencio puede acompañar una investigación profunda acerca de Ātman y de nuestra verdadera identidad. En otras, la meditación se orienta hacia una realidad divina que puede ser conocida, amada y adorada.
En el Viśiṣṭādvaita de Rāmānuja, por ejemplo, conocimiento y devoción no necesitan enfrentarse. El conocimiento de Brahman no conduce a considerar la relación con lo divino como algo que finalmente deba desaparecer. Brahman, comprendido como Nārāyaṇa, puede ser objeto de contemplación, amor, devoción y entrega.
La interiorización puede profundizar precisamente esa relación.
El silencio puede estar lleno de presencia amorosa.
Y la meditación puede convertirse también en adoración.
Cuando la oración se hace silencio
Algo que presenta resonancias —sin que por ello debamos identificar las tradiciones— aparece en determinadas corrientes de la contemplación cristiana.
La oración puede comenzar con palabras: petición, agradecimiento, alabanza, invocación. Pero estas pueden ir haciéndose más sencillas, hasta que la relación ya no necesita expresarse continuamente mediante un discurso.
Lo vimos al acercarnos a La nube del no saber. Allí el conocimiento conceptual encuentra su límite y la relación con Dios se adentra en otro lenguaje: el del amor y la contemplación.
El silencio puede ser entonces escucha, receptividad, presencia y disponibilidad.
Pero estas cualidades no pertenecen exclusivamente a la oración cristiana. También podemos encontrarlas en una práctica meditativa, en la escucha de un mantra, en la contemplación o en la devoción.
Lo específico no está necesariamente en la experiencia exteriormente observable, sino en cómo se comprende y hacia dónde se orienta esa experiencia.
El silencio no es un fin en sí mismo
Podemos buscar silencio esperando encontrar paz. Y a veces la encontramos.
Otras veces, cuando disminuye el ruido exterior, aparecen pensamientos, emociones, inquietudes o resistencias que antes pasaban inadvertidos.
Por eso la práctica contemplativa no consiste simplemente en producir una sensación agradable de quietud. Aprender a permanecer significa también encontrarnos con aquello que aparece cuando dejamos de distraernos continuamente.
Y tampoco todo silencio es contemplativo. Podemos estar callados y encerrados en nuestros pensamientos, buscar aislamiento o utilizar el silencio como una forma de alejarnos del mundo.
La práctica introduce una cuestión fundamental: la orientación.
¿Para qué hacemos silencio? ¿Para observar, escuchar, comprender, contemplar una enseñanza, repetir un mantra, recordar a Dios, adorar, entregarnos, reconocer aquello que somos?
No existe una única respuesta.
El silencio no determina por sí mismo el camino. Su sentido depende también de la práctica, la tradición y la comprensión que lo sostienen.
Volver al mundo
Quizá el verdadero fruto del silencio pueda reconocerse cuando volvemos a la vida cotidiana.
¿Cómo escuchamos después? ¿Cómo respondemos? ¿Podemos permanecer un instante antes de juzgar? ¿Ha cambiado nuestra manera de relacionarnos, de comprender, de amar?
El silencio interior deja entonces de ser únicamente una experiencia reservada al momento de la práctica y se convierte en una cualidad de presencia.
No consiste en vivir alejados del ruido, sino en descubrir un espacio interior desde el que no todo necesita ser inmediatamente respondido, explicado, controlado o juzgado.
Un lugar de encuentro
Quizá por eso el silencio pueda convertirse en un lugar privilegiado de encuentro entre tradiciones contemplativas.
No porque todas encuentren en él lo mismo ni porque desaparezcan sus diferencias filosóficas o teológicas.
El encuentro puede ser más sutil.
Podemos reconocer el silencio del conocimiento y el silencio de la devoción. El que interroga y el que adora. El que busca comprender y el que se entrega.
Y podemos descubrir también que estas dimensiones no siempre están separadas:
conocer puede abrir al amor,
amar puede transformar nuestra manera de conocer,
y el silencio puede dar espacio a ambos.
Oriente y Occidente han desarrollado lenguajes diferentes para expresar estas experiencias.
Podemos descubrir sus resonancias sin borrar sus diferencias.
Y quizá entonces el silencio deje de ser únicamente aquello que queda cuando terminan las palabras para convertirse en el espacio interior en el que aprendemos a escuchar, conocer, amar y permanecer.
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