A lo largo de esta serie hemos recorrido muchos aspectos del Pranayama.
Hemos aprendido las bases del Pranayama y sus técnicas, observado sus diferentes cualidades y explorado cómo la respiración puede influir en nuestro estado interno. Hemos hablado de activación y calma, de sistema nervioso, de adaptación, de prāṇa, atención y sensibilidad.
Todo ese recorrido parece conducirnos hacia una pregunta algo más profunda:
¿Qué sucede cuando la respiración deja poco a poco de reclamar nuestra atención y la mente empieza simplemente a permanecer?
Entramos entonces en un territorio diferente.
No es que, por ello, el Pranayama se convierta en meditación, pero puede preparar algunas de las condiciones que hacen posible una experiencia más estable, recogida y silenciosa.
Del movimiento hacia la quietud
Respirar implica movimiento: la inhalación aparece, se desarrolla y termina, la exhalación comienza, recorre su camino y desaparece. Una y otra vez.
En el Pranayama intervenimos conscientemente sobre ese movimiento. Regulamos el ritmo, prolongamos determinadas fases, introducimos pausas o utilizamos técnicas específicas.
Sin embargo, a medida que la práctica se afina, puede ocurrir algo aparentemente paradójico: trabajamos con el movimiento de la respiración para favorecer una mayor quietud interior.
La respiración se hace más regular, el esfuerzo disminuye, la atención encuentra un soporte continuo… Y aquello que al principio exigía una intervención constante comienza a sostenerse con mayor naturalidad.
No hemos dejado de respirar, lo que empieza a cambiar es nuestra relación con la respiración.
Porque entonces empieza a hacerse visible algo que quizá antes quedaba oculto por la propia ejecución de la técnica: la cualidad de nuestra atención.
La respiración comienza así a desempeñar una función diferente: deja de ser únicamente aquello que estamos regulando y se convierte en un soporte para aprender a permanecer.
Prāṇa y mente: una relación antigua
La relación entre respiración, prāṇa y mente no es una incorporación moderna a la práctica del yoga.
Las tradiciones yóguicas han reconocido desde antiguo una estrecha relación entre la actividad del prāṇa y la actividad mental. Cuando estamos agitados, la respiración suele reflejar esa agitación. Cuando sentimos miedo, tensión, cansancio o serenidad, respiramos de maneras diferentes.
Pero la relación no funciona únicamente en una dirección.
Al intervenir conscientemente sobre la respiración podemos también modificar las condiciones desde las que funciona la mente.
Esta ha sido, en realidad, una de las ideas que ha atravesado toda nuestra serie.
No se trata de imaginar que podemos controlar la mente mediante un mecanismo respiratorio.
Se trata de reconocer que respiración, prāṇa, cuerpo y actividad mental forman parte de una experiencia profundamente interrelacionada.
Y el Pranayama trabaja precisamente en ese territorio de relación.
Lo que nos dice Patañjali
En los Yoga Sūtra, el Pranayama ocupa un lugar muy significativo dentro del camino del yoga.
Después de āsana, Patañjali introduce la regulación de la respiración y, tras describirla, señala dos consecuencias especialmente interesantes.
En Yoga Sūtra II.52 afirma que mediante el Pranayama se debilita o disuelve aquello que cubre la luz.
Y en el sutra siguiente, II.53, añade:
dhāraṇāsu ca yogyatā manasaḥ
La mente adquiere aptitud o capacidad para dhāraṇā, la concentración.
La formulación es muy significativa. Patañjali no dice que Pranayama sea dhāraṇā. Tampoco dice que practicar Pranayama equivalga a meditar.
Indica que la práctica produce una disposición de la mente que la hace más apta para aquello que viene después.
Esta distinción resulta fundamental.
El Pranayama no es meditación, pero puede preparar una de sus condiciones esenciales: una mente capaz de permanecer.
Pranayama, Pratyāhāra y recogimiento
Después del Pranayama, el siguiente miembro del aṣṭāṅga yoga de Patañjali es Pratyāhāra.
Traducirlo simplemente como «retirada de los sentidos» puede resultar insuficiente si imaginamos que consiste en bloquear aquello que vemos, escuchamos o sentimos.
Lo que comienza a cambiar es la relación de la atención con los estímulos; no necesitamos responder constantemente a todo aquello que aparece.
Y aquí puede entenderse mejor el papel del Pranayama.
Durante la práctica, la atención permanece vinculada a un proceso interno, continuo y relativamente estable: la respiración. Poco a poco, los estímulos externos pueden perder protagonismo. No porque hayan desaparecido, sino porque la atención ya no necesita ir continuamente hacia ellos.
La experiencia comienza a recogerse.
Y ese recogimiento constituye un terreno especialmente fértil para las prácticas que vendrán después.
De sostener la respiración a dejarla en segundo plano
Hay un momento especialmente interesante en algunas prácticas. Hemos terminado el pranayama, dejamos de regular conscientemente la respiración y permanecemos unos instantes sin hacer nada.
La respiración encuentra su propio ritmo. Pero algo de la práctica permanece.
Quizá la atención está más estable. Quizá los estímulos externos reclaman menos nuestra respuesta. Quizá el diálogo mental continúa, pero tiene menos fuerza. O quizá no sucede nada especialmente llamativo.
Precisamente ahí puede resultar interesante no hacer inmediatamente otra cosa.
No levantarnos, no buscar una nueva técnica, no interpretar.
Simplemente permanecer.
Ese pequeño espacio posterior al Pranayama puede enseñarnos mucho sobre la relación entre respiración y meditación.
Una pequeña exploración
En tu próxima práctica puedes experimentar este tránsito de una manera muy sencilla.
Realiza un Pranayama que conozcas bien y que resulte adecuado para tu estado en ese momento.
Practica sin buscar ningún resultado especial.
Cuando termines, abandona conscientemente la regulación respiratoria.
Deja que la respiración vuelva a producirse por sí misma.
Y permanece sentado durante unos minutos.
No sigas la respiración deliberadamente. No intentes concentrarte. No busques silencio.
Observa simplemente:
- ¿Cómo está ahora la atención?
- ¿Necesita moverse continuamente?
- ¿Cómo percibes los estímulos externos?
- ¿Existe mayor facilidad para permanecer?
- ¿Qué ocurre si no haces nada con la experiencia?
Quizá descubras que el efecto más interesante del Pranayama aparece precisamente cuando dejamos de practicarlo.
La respiración como puente
Durante buena parte de esta serie hemos trabajado conscientemente con la respiración.
La hemos observado, regulado, adaptado.
Hemos aprendido que distintas técnicas pueden orientar la práctica hacia cualidades diferentes y que ninguna técnica está por encima de la persona.
Después hemos empezado a mirar más allá de la mecánica respiratoria: hacia el prāṇa, la atención y una sensibilidad cada vez más fina.
Y ahora podemos comprender mejor hacia dónde puede conducirnos ese proceso.
La respiración ocupa un lugar singular. Es corporal, pero puede hacerse extraordinariamente sutil. Sucede espontáneamente, pero podemos intervenir conscientemente sobre ella. Refleja nuestros estados internos y, al mismo tiempo, nos permite influir sobre ellos.
Quizá por eso constituye un puente tan privilegiado entre lo que hacemos y lo que simplemente aprendemos a observar.
Entre movimiento y quietud.
Entre regulación y recogimiento.
Entre Pranayama y meditación.
Al final de este recorrido
Con esta entrada llegamos también al final de nuestra serie dedicada al Pranayama.
No porque hayamos agotado el tema. Sería imposible hacerlo.
Terminamos aquí porque hemos llegado a un punto en el que continuar significa, de algún modo, entrar en otro territorio.
Comenzamos aprendiendo a trabajar con la respiración y seguimos estudiando las diferentes técnicas clásicas. Después aprendimos a observar la respiración y las técnicas, y a adaptar éstas desde el reconocimiento de que no todas las personas ni todos los momentos necesitan lo mismo.
Poco a poco, el centro de la práctica fue desplazándose.
De la técnica hacia la sensibilidad.
De la respiración hacia el prāṇa.
Del hacer hacia el observar.
Y finalmente, de la regulación de la respiración hacia una atención capaz de permanecer.
Quizá este sea un buen lugar para detenernos.
Porque el Pranayama no termina necesariamente cuando dejamos de regular la respiración.
A veces, es precisamente entonces cuando comienza a mostrarnos hacia dónde quería llevarnos.
NO DEJES DE COMPLETAR CON…
Prāṇa, atención y sensibilidad: una mirada energética a la práctica
Activar, calmar o equilibrar: cómo elegir la práctica adecuada
