Una persona permanece sentada en silencio.

El cuerpo está quieto. La respiración se aquieta. La atención se recoge y el movimiento habitual del pensamiento pierde intensidad.

¿Está meditando?

¿Está orando?

Desde fuera, quizá no podríamos saberlo.

Podría estar practicando una forma de meditación procedente de una tradición de la India. Podría encontrarse en oración contemplativa. Podría repetir interiormente un mantra o una invocación. O simplemente permanecer en silencio y atención.

La apariencia externa nos dice muy poco.

Y entonces, ¿qué diferencia realmente la meditación de la oración contemplativa?

La respuesta es menos sencilla de lo que parece.

Meditación, oración y contemplación

Utilizamos estas palabras con mucha facilidad, pero no siempre significan lo mismo.

«Meditación» puede designar prácticas muy diferentes: concentración, observación, repetición de un mantra, contemplación de una enseñanza, investigación de la propia identidad, visualización o recogimiento interior.

Algo semejante sucede con la oración: puede ser petición, alabanza, agradecimiento, recitación, diálogo interior o una forma de silencio en la que las palabras van desapareciendo.

Y «contemplación» introduce todavía otra dimensión. Contemplar no significa necesariamente pensar acerca de algo. Puede significar permanecer ante una realidad con una atención que ya no necesita analizarla continuamente.

Por eso las fronteras entre meditación, oración y contemplación no siempre coinciden con los nombres que damos a las prácticas.

Cuando las formas se parecen

Muchas prácticas contemplativas comparten elementos fácilmente reconocibles.

Silencio. Quietud. Recogimiento. Atención sostenida. Disminución de los estímulos exteriores. Repetición de una palabra, una fórmula, una oración o un mantra.

Incluso algunas experiencias interiores pueden parecer semejantes: serenidad, amplitud, disminución del diálogo mental o una percepción menos rígida de nosotros mismos.

Estas semejanzas son reales.

No necesitamos negarlas para respetar las diferencias entre las tradiciones.

Pero tampoco deberíamos concluir demasiado deprisa que, porque las experiencias se parecen, las prácticas significan necesariamente lo mismo.

No basta con preguntar qué hacemos

La comparación se vuelva más clara si formulamos tres preguntas.

La primera es: ¿Qué hacemos?

Permanecemos en silencio, dirigimos la atención, repetimos una palabra, contemplamos una imagen, observamos la respiración, escuchamos interiormente.

Esta es la dimensión más visible de la práctica.

Pero necesitamos una segunda pregunta: ¿Hacia qué —o hacia quién— se orienta la práctica?

Podemos contemplar una enseñanza. Podemos investigar la naturaleza de nuestra propia identidad. Podemos dirigirnos a una realidad divina. Podemos permanecer en presencia de aquello que consideramos sagrado.

Y todavía queda una tercera pregunta, quizá la más profunda: ¿Cómo comprendemos la relación entre quien contempla y aquello que contempla?

Es aquí donde las semejanzas externas empiezan a mostrarnos sus límites.

Una misma palabra puede esconder experiencias diferentes

En nuestra entrada anterior hablábamos de cómo contemplar según las Upaniṣads.

Veíamos allí que no existe una única técnica contemplativa que pueda extraerse de esos textos.

Encontramos upāsanā, contemplaciones sobre OM, el aliento, la realidad última o determinadas correspondencias entre el ser humano y el universo.

Y las posteriores tradiciones del Vedānta desarrollarán esas enseñanzas de maneras distintas.

Esto significa que incluso dentro de un mismo ámbito cultural la palabra «meditación» puede designar prácticas sustentadas por comprensiones diferentes de la realidad.

En una tradición no dual, la contemplación puede orientarse hacia el reconocimiento de que la separación entre quien conoce y la realidad última no pertenece al nivel más profundo.

En una tradición devocional, en cambio, la meditación puede consistir precisamente en profundizar una relación con la realidad divina, sin que la diferencia entre quien contempla y aquello que contempla tenga que desaparecer.

Ambas pueden llamarse meditación. Pero no están diciendo exactamente lo mismo acerca de lo que sucede en ella.

¿Y qué ocurre con la oración contemplativa?

También sería un error reducir la oración a «hablar con Dios».

En las tradiciones contemplativas cristianas encontramos un movimiento progresivo hacia la simplicidad. Las palabras pueden disminuir. La reflexión puede ceder.

La voluntad de explicar o pedir puede quedar en segundo plano.

La persona permanece. Atiende. Escucha. Se abre.

A veces el silencio ocupa casi todo el espacio de la práctica.

Externamente, esta experiencia puede parecer extraordinariamente cercana a determinadas formas de meditación.

Pero dentro de una comprensión cristiana clásica, el silencio no elimina necesariamente la relación.

Puede ser precisamente una manera de profundizarla.

Ya no se trata tanto de decir algo a Dios como de permanecer ante Él.

El silencio no significa necesariamente lo mismo

Tendemos a pensar que cuanto más silenciosa es una práctica, más universal se vuelve.

Como si al desaparecer las palabras desaparecieran también las diferencias. Pero no necesariamente es así. El silencio también puede estar lleno de significado.

Para una persona puede ser el espacio en el que se reconoce una realidad que trasciende la separación entre sujeto y objeto.

Para otra puede ser presencia ante un Dios amado.

Para otra, atención desnuda a la experiencia.

Y para otra, un modo de permanecer receptivamente ante el misterio sin necesidad de definirlo.

Exteriormente puede haber silencio en todos los casos.

Interiormente, ese silencio puede estar orientado de maneras profundamente diferentes.

Entonces, ¿meditación y oración contemplativa son lo mismo?

No necesariamente.

Pero tampoco necesitamos considerarlas dos mundos completamente separados.

Pueden compartir formas, actitudes y experiencias. Pueden cultivar silencio, atención, receptividad y una menor identificación con el movimiento constante del pensamiento.

Incluso pueden ayudarnos a reconocer dimensiones de la experiencia que habitualmente quedan ocultas por el ruido de nuestra actividad cotidiana.

Pero cada práctica adquiere su significado dentro de una determinada comprensión del ser humano y de la realidad.

Por eso las semejanzas merecen ser reconocidas.

Y las diferencias también.

Dialogar sin borrar las diferencias

Quizá una de las riquezas de acercarnos a otras tradiciones contemplativas consista precisamente en aprender a reconocer una experiencia cercana sin apropiarnos de ella.

Podemos descubrir resonancias. Podemos aprender de otros modos de silencio. Podemos incluso experimentar que determinadas prácticas despiertan en nosotros preguntas semejantes.

Pero el diálogo se empobrece cuando necesitamos concluir que, en el fondo, todos estamos haciendo lo mismo.

No hace falta.

Dos caminos pueden acercarse sin convertirse en uno solo.

Y quizá podamos escucharlos mejor precisamente cuando dejamos que cada uno conserve su propio lenguaje, su propia historia y su propia comprensión de aquello hacia lo que se dirige.

Una pregunta para nuestra propia práctica

Todo esto puede conducirnos finalmente a una pregunta mucho más cercana.

Cuando nos sentamos en silencio, ¿qué estamos haciendo realmente?

No basta con responder: «medito», «oro» o «contemplo».

Podemos preguntarnos: ¿Qué estoy cultivando? ¿Hacia dónde se dirige mi atención? ¿Qué comprensión de mí mismo está implícita en esta práctica? ¿Y qué relación establezco con aquello que busco, contemplo o reconozco?

Estas preguntas no necesitan una respuesta inmediata. Pero pueden ayudarnos a practicar con mayor conciencia.

Porque el silencio, por sí solo, no nos dice qué camino estamos recorriendo.

Es la manera en que habitamos ese silencio la que empieza a revelar su sentido.

También te puede interesar

Cómo contemplar según las Upanisads

Dios personal y realidad absoluta

La nube del no-saber

La teología negativa y el neti-neti de las Upanisads